Como mira la distancia

Por Rayze Ostolaza Oquendo

Eran más o menos la diez de la noche cuando la estridencia de María la paralizó. En la distancia entre el santo de madera de su mamá, cuyo tallado daba vida a los ojos que la miraban fijamente, estaba el espacio negativo y obscuro de aquella imagen inundada de ecos del agua golpeando al zinc y de aullidos del viento. Myrna volteó hacia la nevera y cogió el vaso de agua que le ayudó a ingerir los calmantes para su presión. Se dirigía hacia el único cuarto de cemento en su casa en donde la esperaban sus padres y hermanas, cuando se percató que el San Isidro Labrador, patrón de la Iglesia Católica de Sabana Grande, ya no estaba.

El vacío del desasosiego no permitía recordar bien los días. Ni los nombres. El intervalo del tiempo, se contaba con la suma de los días tras el huracán que dejó la finca de la familia Rivera Comas con la ausencia de sus queridas siembras y árboles. Porque en la inmersión de un hogar cuyo vecino más cercano vive a una milla, aprendieron a querer al monte y a escuchar sus voces.

Las que se escuchaban aquél 20 de septiembre parecían ser gritos de reclamos, de esos que en el universo onírico te paralizan y no te dejan despertar.

Aún no salía el sol cuando decenas de personas que no sabían la hora esperaban frente a la estación de Radio Sol 1090 en San Germán. Habían sumado 14 días pos-María y en el mar abundante de incomunicación en la isla, la emisora de la tía Lucy era la única funcionando en el área Oeste con el sistema de KP4, una organización de radios con alta frecuencia cuya señal llegaba hasta los Estados Unidos.

Myrna trabajaba como mediadora de la información entre los KP4 y familiares, cuando llegó un anciano de guayabera azul con dos números de teléfono escritos en un papel. No se pudo acordar del nombre de sus hijos. Lo que bien sabía es que uno estaba en New York, y otro en Virginia. Quería que supieran que él estaba bien.

La atmósfera de aquel lugar era densa. Entre la desesperación e impotencia que conducían a la casi locura, Myrna se echó a llorar.

Un azote hizo sonar la ventana en el tránsito hacia el cuarto de sus padres. Le tomó largos segundos llenarse de valentía para mirar qué había pasado. Voló el techo del almacén donde sus padres, ambos agrónomos y agricultores, guardaban sus herramientas y alimentos para el ganado. La mujer de 26 años llegó al cuarto hecha niña y con la cara congestionada de miedo. Se acurrucó entre los brazos de sus padres. El viento no paraba de regañar. Levantó su cabeza por una corriente corpórea que la impulsó. Los ojos de San Isidro Labrador la volvieron a mirar.

 

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