Por Rayze Ostolaza Oquendo

Rodeada de un mundo, un país, y una época que abastece todas las necesidades de un ser humano a través del consumo, no me parece insólito que después de muchos años y algunos siglos, le regalemos longevidad a la noción Cartesiana del “yo”. René Descartes, primer filósofo en hablarnos de la razón y a su vez de darle el espacio a lo que más tarde Sigmund Freud y sus seguidores designaron como el “egocentrismo”: un “yo” que se define capaz de razonar con desprendimiento del “otro” y de sus propias circunstancias. De esa filosofía se construyen las instituciones que a lo largo del tiempo nos han regido y diseñado las nociones de conceptos abstractos que no podemos cuantificar, como el amor, el miedo, la felicidad.

Si caminamos por la trayectoria de la filosofía humana, no fue hasta la revolución del lenguaje a principios del siglo 20, que el ser humano comenzó a entender la semiótica de las cosas. De la mano del lingüista suizo Ferdinand de Saussure, pudimos aprender que un signo no se relaciona con su significante de manera intrínseca, si no que este, se reconoce porque se convierte en una convención social que sobrevive a lo largo del tiempo. Saussure también destaca algo que me parece relevante: un signo no adquiere valor por sí mismo, si no, por su relación con otro signo dentro de un sistema. Con el sistema binario en el que me desarrollo, un signo se es por su contrariedad con otro. Como dice el ensayista Julián Marías en “La felicidad humana”, la felicidad viene del bien, por consiguiente, viene siendo el antónimo del malestar y nuestra sociedad la reduce al bienestar.

Nací en un país que me enseña que la felicidad es poder. El poder de tener dinero suficiente para estar bien a “la altura”, el poder de tener tiempo libre para la calidad de las memorias con la familia, el poder de escoger una “profesión de dinero” como guía en el camino hacia la “realización”. Ser alguien es sinónimo de tener dinero, y para tener dinero hay que “realizarse”. De ahí el “yo” de René Descartes que nunca se ha despegado de la supuesta “post-modernidad”, pues como dice María, el núcleo de la idea de la felicidad en nuestra época y que se expresa en la noción del bienestar es la realización.

El estado y sus instituciones me han obligado a emplear todo mi tiempo en la esperanza ambigua de alcanzar una felicidad que ellos han construido para mí, una felicidad en la cual tengo que poseer material, consumir y producir y vivir en ese ciclo de manera infinita. Las lecturas de Umberto Eco, un lingüista italiano nos recalcan que la felicidad al igual que muchos otros conceptos, siempre han coexistido masificados y homogeneizados. Es decir, que se generalizan estos conceptos a través de la repetición y nos hacen creer que esta definición dada es la verdadera y la absoluta. De la misma manera, nos enseñan a consumirlas, por lo que la felicidad, al igual que el amor o el miedo, es semiótica que se consume. Yo soy una de sus consumidoras.

Sumergida en espacios de saturación de informática, del tiempo comprometido que sirve de anestesia, una familia a la que le brotan las tradiciones y la obstinación por la seguridad del “bienestar”, no es extraño que sea consumidora antes que humana, es completamente lógico. Tiene relevancia comprar todo lo que me venden en San Valentín para regalar “amor”, comprar productos de belleza para sentirme más “bella”, comprar un “pepper spray” para sentirme protegida. Tiene más razón el que por esto me sienta feliz, pues todas estas cosas me brindan una seguridad ante la contingencia, y es mejor estar prevenida. Es mejor tener un plan.

El “performance” de la felicidad que han creado para mí me ha dormido la mayoría de los tiempos, pero tengo memorias que resuenan en instantes de limbo, memorias felices que cuando contrastan con mi realidad, me recuerdan lo que es la felicidad.

Vuelvo a sentir felicidad cuando revivo la inocencia de desconocer las cosas, esa autonomía que sentía en todos los momentos de mi infancia cuando no sabía de conceptos como el dinero, la discriminación, el tiempo o el seguro social. También experimento felicidad cuando empleo mi tiempo en cosas que se consideran secundarias como crear placer a través de lo que me gusta. Ese poder de decidir qué hacer, cuándo y cómo hacerlo, ese despegue de la rutina y los viajes de la utopía, también me provocan felicidad. La imaginación como dice María, es también un componente importante cuando encuentro eso que se me ha vuelto tan inalcanzable.

Reflexiono y valga la redundancia, me provoca felicidad el encontrarme con que tengo el poder de definir mi felicidad, pues estoy consciente de que las maneras de sentirla son individuales.

Pero como bien dice el autor: “ser feliz es diferente para cada persona pues depende de lo que cada uno necesita para ser feliz”. Y, en fin, que mis circunstancias no me permiten mucho el vivir sin necesidades. De la misma manera que reconozco que la felicidad es todas esas cosas bonitas que puntualicé anteriormente, también admito que, con tanta complicación, la felicidad también hace sus apariciones cuando satisfago el hambre, la sed o el sueño. Para todas se necesita del dinero.

 

 

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