Por Rayze Ostolaza Oquendo

Hay aire. Hay segundos o tal vez, minutos pasando en lo que yo encuentro el ángulo perfecto para mi auto-foto.

En el año 2013 la palabra “Selfie” fue denominada por el Diccionario Oxford como la palabra del año. En el idioma español se permitió utilizar la palabra Selfi. Ya no hay que ponerla entre comillas. Ya está decretada: “self” que viene de auto, “ie” o “i” que traduce “yo mismo”.

Una de las características más notables de la generación a la que pertenezco, la del “me, myself and I”, es el uso de los selfies en las redes sociales. Existe la necesidad continua de querer tirarme una foto mirándome a mí misma y auto-corrigiéndome hasta conseguir lo que yo considero perfecto. Pero, ¿Qué en realidad hay entre la cámara y yo? ¿Por qué querer mirarme constantemente? ¿Por qué compartir mi mirada en un mundo virtual?

Bueno, la realidad es que tengo muchos selfies. Algunos de ellos los he lanzado a las redes sociales acompañados de un hashtag redundante que reafirma el propósito: #me. Cabe destacar, el hashtag más utilizado en el año 2013 en Instagram. Sin embargo, nunca me había puesto a pensar en lo que hay en ese espacio íntimo que construyo para luego publicar. Para como bien dice la lectura de Laetitia Wilson “Interactivity  or Interpassivity”, convertirme en un “objeto inter-pasivo” que comparte emociones o alguna actividad con otros avatares de un mundo virtual que es real.

En el espacio entre la cámara y yo, hay paradojas y contradicciones. Usualmente estoy sola, aunque haya gente alrededor. Para tomarte un selfi estoy sola, no me fijo en quienes me miran, ni en quienes tengo a mi lado. Es el acto de decidir “este es un buen momento”, sacar la cámara, utilizar el permiso que te ha dado la tecnología para elogiar tu narcisismo y usar la cámara que automáticamente, clasifica tu foto en un álbum de selfi que guardas en el dispositivo. Ya no volteas el celular, la cámara voltea hacia ti.

Ahí te encuentras mirándote, ves todas tus imperfecciones, te las arreglas, sonríes, paras la trompa, te quedas seria, vuelves a sonreír con los dientes un poco más afuera, cambias el ángulo, arriba o abajo, es todo cuestión de perspectiva. De cómo te miras. En el espacio entre la cámara y yo se escapan algunos comentarios de la mente: “Tomarme un selfi es como un poco egoísta”.

El selfi se ha vuelto tan relevante en el siglo 21 que se han creado categorías para el término: el “herfie”, un autorretrato para el cabello, el “belfie”, una foto cuya intención es mostrar las nalgas, el “drelfie”, que constituye un selfie en estado de ebriedad, el “shelfie”, una foto con algún libro. De ahí, quizás lo próximo será el “sexfie” o el “showerfie”, que ya existen, solo les falta el nombre.

En fin, que tal parece que el selfi es también, única y exclusivamente, un acto de compartir tu privacidad.

También existen los “selfies” en el espejo. Auto-fotos que le haces a tu reflejo. Que no es lo mismo que mirarte. Aquí estas mirándote mirarte. Algunos se miran en el espejo en el gimnasio, retratan su cuerpo fornido y su contorno dentro de aquel espacio, como si fuera a confirmar o a apoyar el esfuerzo que hacen con su cuerpo, también para tener registro de su mejoría al pasar los días. Otros lo hacen en su cuarto, vestidos con pijamas y dejando al descubierto el lugar en donde duermen, se masturban o hacen el amor. El espacio entre la cámara y tú es una fantasía que amoldas, una fábula que luego se prueba en un mundo místico e incierto como lo es el mundo del internet.

Decía Ana Teresa Toro en su libro “Las narices de los perros”: “Ya no decimos autorretrato, eso ya casi es otra cosa. Decimos selfie que suena más a solitario, más a mirarse con fascinación, con morbo, con placer, con conciencia de la belleza o de las imperfecciones”.

Entonces el espacio entre la cámara y yo es uno inseguro, pero que se reafirma con sus resultados, es una búsqueda de aprobación, de recordarme que soy bonita, o especial, o que tengo la nariz grande, pero si me tiro la foto del lado izquierdo, no lo notarán. El pudor se muta. Pasa a otro nivel. Ya no hay vergüenza en tirarme una foto a mí misma, pero si la hay en el acto de compartirla, pues debe ser la mejor selfi, para que tenga la mejor retroalimentación de mis amigos/avatares de las redes.

Y eso es lo que me atrae del selfi, ese espacio de silencios que se adhiere a mi cotidianidad. Eso es lo que nos encierra en esta burbuja, el hecho de que no tenemos que lidiar con el resto del mundo. Y cuando lo hacemos, es a través de un mundo en cual no estamos presentes. En el cual como bien dice Laetitia Wilson, el “yo” se divide entre lo corpóreo y lo inmanente. Y defendemos, peleamos, juzgamos, compartimos opiniones casi revolucionarias a través de un espacio etéreo.

En conclusión, el acto de tirarse un selfie aporta a los cimientos de tu identidad virtual. Te da más veracidad y deposita confianza en tus seguidores. También te polariza, te convierte en todo un libro abierto y te compromete a no parar de hacerlo. Saben de los momentos que quieres inmortalizar, te imaginan haciendo lo que dices en tus hashtags, se sienten ahí contigo, te dan “likes”, aprueban tu frase de Coehlo y te retroalimentan. La única manera de conocerte y valorarte, es ahora a través de otros que no te pueden ver en carne y hueso. Es triste. Es un espacio nostálgico el que hay entre la cámara y yo. Hay fisuras, pues mientras trato de agradarme para agradar, me pierdo en la subjetividad sin enterarme de lo mucho que pasa a mi alrededor. Y más vale lo que pasa que el selfi.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s